A Brasil no le ganan ni cuando juega dormido.

Hizo un partido muy malo ante Venezuela, incluso había olor a batacazo. Pero Tite movió el banco en el segundo tiempo, entró Raphinha y a otra cosa: el líder clavó tres goles en 25 minutos.

Deportes 08 de octubre de 2021
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¿A Brasil le avisaron que se jugaba en Caracas? No se sabe, pero el líder de las Eliminatorias hace lo que se le canta. Caminó el partido durante los 90 y pico de minutos, sembró la duda (y para muchos un deseo) de que iba a perder el invicto y cuando se le antojó, lo dio vuelta sin transpirarse. Triunfo ante Venezuela y nueve ganados sobre nueve jugados. Terrible.

Si este equipo de Tite suma de a tres cuando juega así, ¿a alguien se le ocurre que podrá ganarle en Eliminatorias? Lo de anoche fue feo en serio. Sin Neymar (suspendido) y Casemiro (problemas en una muela), la Verdeamarela pareció otro equipo. Nada de brillo, mal en el pase corto y largo, flojísimo en el medio con Fabinho y Gerson, desganado por completo. Descolorido.

 Pero Tite es bueno. En el segundo tiempo metió a Raphinha y rompió la ilusión de buena parte de América de ver tropezar a Goliat con David. A partir de ahí el visitante levantó un poquito, muy poquito, el nivel, pisó el acelerador con el dedo gordo y le clavó tres a una Venezuela que se lució en vano durante todo el primer tiempo.

Soteldo había marcado el ritmo del juego con una gambeta alucinante, con cintura de academia de baile. A alto ritmo jugó la Vinotinto unos 45 minutos bárbaros, mientras Brasil parecía parado a la sombra de un árbol, viendo la vida pasar. De hecho, a los 10’ ya ganaba el local, luego de una asistencia del propio Soteldo, caída en dupla de Marquinhos y Fabinho y un cabezazo bárbaro de Ramírez.

Y así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo que no brilla pierde. Brasil agarró el volante en el complemento y en 25 minutos lo pasó a nafta sin la necesidad de abrir los dos ojos para despertar de la siesta. Marquinhos, Gabigol (de penal) y Antony le dieron al resultado la chapa que marca la historia.

Venezuela nunca entendió contra quién jugaba ni que el partido dura 90 y pico. Su sudor terminó en lágrimas y el partido pasó de hijo del batacazo a hermano de la más pura realidad. Sí, señores, ganó Brasil. Otra vez.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 

 
 
 
 
 
 

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