Coronavirus: las vidas que se salvan gracias al avance de la vacunación

El proceso de inmunización en Argentina ya empieza a cosechar sus primeros éxitos. El promedio de edad de los internados disminuye y los mayores de 60 años, a menudo los más comprometidos, comienzan a protegerse. La palabra de Jorge Aliaga, Leda Guzzi, Rodrigo Quiroga y Rosa Reina.

Sociedad 30 de mayo de 2021
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El promedio de fallecidos durante los últimos siete días fue de 492 por jornada, mientras en octubre pasado, durante el pico de la primera ola, esa cifra llegaba a 407 por día. Si bien los menores de 60 años son los que más se infectan (ya que fueron y son los que más circulan y se exponen al contagio), los adultos mayores, pese a estar en su mayoría vacunados, todavía componen el grupo etario que más fallece de covid. Pero la situación se modifica y los primeros datos alentadores ya pueden observarse: se calcula que, gracias al avance de la inmunización, se evitaron más de 5 mil muertes. En esta nota, la médica infectóloga Leda Guzzi, el bioinformático Rodrigo Quiroga, la intensivista Rosa Reina y el físico Jorge Aliaga describen cómo la vacunación contribuye a evitar miles de fallecimientos y analizan qué sucede con la mortalidad y la letalidad durante la primera y la segunda ola.


Los números que dan esperanza

A la fecha ya se vacunó al 20% de la población argentina. Si se desmenuza ese porcentaje, se puede saber que entre el personal de salud, las personas de 18 a 59 con comorbilidades y el personal estratégico (fuerzas de seguridad y docentes), el grupo que más vacunas recibió (por lejos) es el de los adultos mayores. El 80% de los que tienen 80 años o más, el 88% de los que tienen entre 70 y 79, y el 82% de los que tienen entre 60 y 69 ya fueron inoculados al menos con alguna dosis. Como producto de eso, según el último informe de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva (SATI) el promedio de edad de los internados bajó a 53 años.

 
De a poco el proceso de inmunización en Argentina empieza a cosechar sus primeros éxitos. Según una proyección matemática que realizó el físico Jorge Aliaga, gracias a la vacunación se evitaron, aproximadamente, cinco mil fallecimientos. “Hice un análisis muy sencillo. Registré los muertos que hubo entre noviembre y diciembre de 2020 con edades entre 50 y 69 años en comparación con los que hubo en el mismo período con edades entre 30 a 49. Y luego comparé los muertos que hubo durante 2021 de 50 y 69 años con los que hubiera habido si se hubiera mantenido la misma proporción que en el período de referencia del año pasado con los fallecidos que hubo en 2021 de 30 a 49. Lo mismo hice con los mayores de 70 años. La conclusión a la que se puede llegar es que uno podría haber esperado muchos más muertos de los que realmente hay”, describe. Y sigue con la descripción de su análisis: “Hay semanas de este año que podríamos haber tenido más de 3 mil fallecimientos entre los mayores de 70 y hubo menos de 1500. Si uno suma todas las muertes que se evitaron con la vacunación en 2021 el resultado es más de cinco mil”, subraya.

A medida que avanza la vacunación en los diferentes grupos es posible ver cómo los datos que dominaron la escena durante el año anterior comienzan a matizarse. “La cantidad de muertes en el presente, en números absolutos, entre los mayores de 70 años y los que tienen 50 y 69 es muy parecido. Sin embargo, a fines de 2020, la de mayores de 70 años representaba el doble. El efecto de la vacunación ya se está viendo en la población de 50 a 69 incluso”, dice Aliaga.

En relación a los fallecidos distribuidos por edades, en el último tiempo se observa una reducción marcada de la presencia de los adultos mayores de 60 y un incremento entre las poblaciones más jóvenes. No obstante, a la fecha, la mayoría de los fallecidos siguen perteneciendo al grupo de adultos mayores de 60 años. ¿Cómo se explica? Como siempre, son muchos los factores que entran en juego.

“A priori, la reserva funcional con la que cuentan los pacientes más jóvenes siempre es mayor que la que puede tener una persona de 70 años o más. Por este motivo, si los mayores de esa edad no estuvieran inmunizados, se morirían muchísimo más. Hoy disponen de un factor protector como es la vacuna, que está funcionando muy bien”, comenta Leda Guzzi, médica y referente de la Sociedad Argentina de Infectología. Rosa Reina, presidenta de la SATI, apunta: “La verdad es que cada vez hay menos pacientes de 70 o más años internados en las terapias intensivas. Los mayores de 80 ya no ingresan directamente. Y ello fundamentalmente ocurre por los efectos de la vacunación. Ahora bien, sin embargo, todavía constituyen el grupo de los que más fallecen y eso sucede porque, por lo general, suelen contar con más patologías de base”.

Para el bioinformático Rodrigo Quiroga, más allá de las patologías previas, un factor medular a tener en cuenta es que se cumpla el tiempo para que las defensas que despiertan las vacunas lleguen a su pico máximo con el objetivo de evitar una futura infección “La proporción de fallecidos de 70 años en adelante viene bajando desde hace bastante y la de 60 a 70 años recién ha comenzado a bajar. Hay que tener cuenta que la vacuna se demora de 20 a 35 días en conferir una protección adecuada. Hace relativamente poco que la gente de 60 años se inmunizó y puede que todavía resten unos días para que adquieran una inmunidad considerable”, expresa el Investigador del Conicet.

Los números que hacen falta
Consultados por este diario, los especialistas citados no cuentan con los datos que ayudarían a calcular cuántos de los fallecidos estaban vacunados y desde hace cuánto tiempo habían recibido su dosis. “Sería un dato importantísimo si lo tuviéramos. Si le contáramos a la gente que la mayoría de los que murieron no estaban inoculados serviría para empujar a ese 20% que falta a querer hacerlo”, señala Quiroga. Después continúa con el ejemplo de lo que sucede en su provincia: “Acá en Córdoba hay un problema serio con muchos mayores de 60 que no se han inscripto. Hay geriátricos sin vacunados, lo cual es una locura total. De hecho, estoy el 99,9% seguro de que la abrumadora mayoría de fallecidos no estaban vacunados, o bien, se vacunaron cuando ya se habían contagiado previamente aunque no lo sabían”, arroja.

También debe considerarse que si bien el proceso de inmunización ha avanzado de manera significativa --y a un ritmo que crecerá durante las próximas semanas por la llegada de millones de vacunas--, la cifra de personas protegidas con ambas dosis aún es baja. Según el Monitor Público de Vacunación que coordina el Ministerio de Salud de la Nación, solo 2 millones y medio de personas recibieron ambas. La estrategia argentina, en esta línea, parece asemejarse a la canadiense, que muestra un gran porcentaje de su población con una dosis y una cifra bastante menor con ambas. Según el monitor de vacunación del New York Times, le aplicó la primera dosis al 54%, mientras solo el 4% recibió ambas. Diferir la segunda para proteger a más en menos tiempo fue la política sanitaria doméstica, basada en experiencias exitosas como la mencionada y que siguieron otras naciones de referencia como Reino Unido.

El foco de la vacunación con los adultos mayores que restan (aproximadamente un 20%) debe tener en cuenta una estrategia comunicacional a varios niveles, pues, si bien están los que no se inmunizaron porque afrontaban dificultades logísticas (no podían trasladarse a un centro) o tecnológicas (no contaban con un celular, con servicio de internet, o bien, disponían de ambos pero no sabían cómo registrarse ni usar las aplicaciones) --como sucede en todos los territorios-- hay una porción aún a estimar que no quiere hacerlo. En Estados Unidos, por ejemplo, calculan que aproximadamente un 30% de la población no estaría dispuesta a recibir la vacuna contra la covid.

Letalidad y mortalidad, antes y ahora
La letalidad indica el número de fallecidos sobre el número de infectados. Según Guzzi, ese cociente disminuyó en comparación a 2020. “En realidad la letalidad estadística se redujo, de hecho, está en un 2,1% mientras que el año pasado tuvimos momentos de 2,8%. Pero hay que tener en cuenta que es un número que varía”. La tasa de mortalidad se mide, en cambio, a partir del número de fallecidos por millón de habitantes, esto es, el porcentaje de la población fue afectado por la covid y, desde aquí, “es algo que probablemente vamos a poder analizar más adelante, es un dato mucho más complejo de extraer”, sostiene.

En el presente, la mortalidad en CABA por millón de habitantes es de 2,923 y en Provincia de Buenos Aires es 2,239. Es de carácter acumulativo, con lo cual, naturalmente crece con el aumento de casos y tendrá sentido conocer el resultado hacia el final de la pandemia. La letalidad, por su parte, puede calcularse de una manera móvil e ir siguiendo el rastro semana a semana: los fallecidos informados durante los últimos siete días pueden medirse en relación a los casos reportados durante los 14 días anteriores. En este sentido, lo aclara Quiroga: “Mientras haya más fallecidos la mortalidad aumentará siempre. La letalidad puede variar todo el tiempo, por ejemplo, si hacés más tests y descubrís más casos el porcentaje baja, o también si tenés un sistema de testeo saturado puede subir”.

Bajo esta premisa, completa Aliaga: “De esta manera, uno puede tener cambios en la tasa de letalidad sin que necesariamente se modifique algo intrínseco a la enfermedad, como puede ser aprender a curar mejor o contar con un remedio que transforma todas las muertes en casos leves. El cambio podría darse por una modificación en la medición”.

Luego, Quiroga se enfoca en el escenario actual. “A pesar del avance de la vacunación puede que la letalidad no siga disminuyendo porque existe cierta compensación a partir del colapso que está afrontando el sistema de salud, factor que como ya sabemos tiende a subir la tasa. La magnitud de los contagios que hoy afrontamos con días que superan los 40 mil desdibujan todos los números que podamos llegar a hacer”. Guzzi compara el presente con lo que ocurría el año pasado con los jóvenes y con los adultos mayores. “Durante toda la pandemia los jóvenes fueron los que más se infectaron, los que más circularon, ya sea por trabajo o por recreación. En tanto que los mayores estaban más guardados pero cuando se enfermaban, en una parte considerable, fallecían. La edad promedio de fallecimiento en 2020 rondó los 75 años”, expresa. Después continúa con la comparación: “La diferencia con la segunda ola es que si bien los jóvenes siguen siendo los que más se contagian, en virtud de la presencia de las nuevas variantes, también la presentación clínica se torna más severa en este grupo cuando antes no lo era. Esto implica que haya más jóvenes internados, tanto en salas generales como en terapias intensivas”, plantea.

Hoy en día existen investigaciones robustas que confirman la letalidad de la variante de Reino Unido (hasta cuatro veces más que la cepa “original”), mientras que respecto de la de Manaos (la otra con circulación comunitaria en Argentina) solo existen estudios y reportes desperdigados realizados desde diferentes instituciones médicas y científicas de Brasil. Sin embargo, Guzzi se anima a compartir su postura de acuerdo a la experiencia cotidiana que afronta como personal de salud. “Nosotros vamos percibiendo que pacientes cada vez más jóvenes y sin comorbilidades fallecen de una infección grave por cvid. Existe un claro impacto en población más joven”, advierte.

En enero, la edad promedio de los fallecidos era de 73 años y ahora es de 65; mientras que de los internados durante el primer mes del año era de 65 y en el presente ese promedio es de 53. Las cifras se van modificando, los grupos más afectados cambian. Y, aunque la pandemia y la situación de excepcionalidad que supone empujen a creer que el 2020 y el 2021 significan un continuo sin interrupciones, las realidades son bien diferentes. Esta ola es más virulenta, hay nuevas variantes más transmisibles y quizás más letales, pero también hay vacunas. Y, afortunadamente, ya brindan los primeros resultados.

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