Un camino para la militancia

Politica Mariano Pinedo 21 de mayo de 2021
militancia

La acción política, interpretada y protagonizada desde los movimientos  populares (sobre todo en Latinoamérica, donde no suelen ser aplicables, sino forzadamente, las categorías políticas europeas de agrupamientos 
por izquierda o por derecha), se asimila a un torrente indómito en busca de un cauce que le dé sentido, que lo conduzca a un destino de plenitud.  No nos une una identidad ideológica intelectual, sino un impulso a 
caminar junto a quienes buscan formar parte de ese sentido. Allí radican 
las razones de la unidad. Una unidad indispensable.
Pero ocurre que no hay sentido si ese cauce no recibe de todas las vertientes. Las de montaña, las subterráneas, las claras, las amarronadas, las que aportan piedra, barro o ricos minerales. Todas las vertientes suman al cauce y le dan sentido. No hay unidad verdadera -es decir, sustentada en una verdad-, si algún prestidigitador define por dónde pasa el cauce y desde dónde está dispuesto a recibir aportes. El torrente arrollador, en ese caso, se convierte en un pequeño hilo de agua, bien controlado, bien puro, bien vendible en imágenes, pero 
incapaz de mover el mínimo escollo en la búsqueda de su destino final. 
Mucho menos será capaz de traspasar los diques gigantescos del poder financiero, mediático y judicial que se anteponen siempre, en toda nuestra historia, al sueño de grandeza al que aspiramos los locos argentinos. 
Lo que buscan tanto los pueblos no es el objetivo, sino un camino que les permita el despliegue de su potencia; consustanciada ésta con lo más profundo de una cultura poderosa, unida a la diversidad de orígenes, al mestizaje y a la riquísima y valiosísima capacidad de integración que nos hace únicos. Esa potencia sólo podrá desarrollarse y ser, en el ámbito de estas tierras y climas que completan todos los colores habidos y por 
haber, si es asumida por un pueblo que es todo creatividad, conflicto, pasión y amor por la vida y si es conducida por una dirigencia política que se disponga a respetar y valorar el aporte irrenunciable y libre de 
cada argentino y cada argentina. 
Es realmente desacertado creer que la militancia política, comprometida con ese pueblo que avanza con unas ansias nunca acabadas de liberación, pueda tener que ver con la ocupación calculadora e inerte de algunos sillones grises del aparato burocrático. Asumir esa tarea, sin montarse en el sueño de realización y plenitud, que encarna el interés del pueblo argentino en su historicidad, sin ayudar a que tenga lugar la potencia impetuosa de esa búsqueda de libertad soberana, altiva y orgullosa, es una burda y falsa representación de lo que es llamado 
política. Pero lo cierto es que, aunque duela, los sectores de la vida argentina que buscan imponer la lógica y el señorío del dinero, tiñeron de oscuro a la política, que está llamada a ser, y es, la forma más alta de caridad. Manipulan y convierten una herramienta sagrada, liberadora, que debe rescatar la dignidad de todas las personas para ponerlas de pie y en marcha, en un camino de dominación para servirse de, en lugar de 
servir a los otros, y procurar que cada uno y cada una esté en condiciones de expresar su particularidad, en el complejo de relaciones que construyen una comunidad justa y armónica.

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Hoy, la realidad de la Argentina es angustiosa. Golpe tras golpe, el pueblo argentino, que sabe y asume su conflicto histórico como un proceso que debe transitar y superar, va perdiendo su peso específico en la nebulosa de una falsa grieta, fabricada por los mercaderes de la política para dividir, confundir y debilitar la unidad de destino que motivó tantas epopeyas nacionales. Pareciera a veces que los señores de las 
finanzas y del poder económico sin Patria, hubieran descubierto una forma de adormecer el ímpetu que alguna vez floreció un 25 de mayo de 1810, se encarnó en las luchas federales, en las reivindicaciones sociales, en el 17 de octubre de 1945, en los años de resistencia a las dictaduras y las distintas y variadas formas en que supimos construir y defender una democracia que fue sanando heridas y de a poco poniendo en valor la auto estima de un gran pueblo que siempre salió de las más difíciles en unidad. Hoy, si bien soy consciente de que por lo bajo sigue fluyendo ese torrente de agua y fuego que nunca cesa, de ese pueblo que no olvida de donde viene y cuál es su futuro de esperanza, en la superficie se observa con angustia cómo nos debatimos en abstracciones absurdas, simbolismos, premisas falsas, discusiones vanas y alternativas que simulan contraponerse para distraernos y llevarnos mansamente al imperio de un modelo de descarte, de 
desigualdad y de dominación.
Los dolores de esa falsa grieta que paraliza, que se imponen, como un chupador de energía poderosa y creativa, fragmentaron tanto, calaron tan hondo, desorganizaron tanto a nuestras comunidades, que a veces 
parecen haber logrado el objetivo de que nos veamos a nosotros mismos, no como Patria, no como Nación, no como comunidad, sino como un amontonamiento de individuos que, apelando al método de 
sacarse ventajas, cortar caminos, pasarnos unos a otros por la banquina, vamos pisando cabezas en procura de una supervivencia que nunca llega a garantizarse, salvo para un reducido grupo de cada vez más ricos, en un contexto de cada vez más pobres. Nada importan las necesidades de los otros. Sólo importa que dichas necesidades no alteren el orden y no molesten la visual moral de los privilegiados del sistema. Incluso hasta se consigue quiénes administren un poco esa pobreza y eviten las consecuencias conflictivas de la exclusión aunque sea por un tiempo. Se trastoca de tal modo la mirada, que hasta los más 
populares identifican su tarea con una función meramente reparadora, 
contenedora del conflicto, curativa, benefactora, pero jamás promotora de un camino victorioso de dignidad, justicia social, libertad y protagonismo verdadero.
La situación concreta del gobierno argentino es que, aunque más no sea para sobrevivir, debe responder a las razones por las que fue elegido en contraposición al breve, dañino y catastrófico período macrista, da cuenta 
de la carencia de un proyecto aglutinante para el campo popular. Ni los objetivos estratégicos propuestos (o muchas veces no propuestos), ni los métodos políticos, ni la construcción de esquemas de poder que vayan 
mas allá de la lapicera del estado, convocan a una movilización protagónica militante que acompañe al gobierno frente a los distintos obstáculos o resistencias que presenta esta difícil hora de nuestra Patria. El gobierno debe construir un sentido. Un rumbo. Una esperanza detrás de la cual pueda caminar con altivez, creatividad y trabajo el pueblo argentino. No alcanza con proclamar la unidad, ni definirla y acotarla como una foto. La unidad es una dinámica. Todo lo contrario a una foto. Es un andar, aportando y recibiendo, consolidando ese cauce en común 
que marca un destino. No hay unidad poderosa, transformadora, sin tener al menos una mínima disposición a recibir en un mismo cuenco a todas las vertientes del movimiento nacional y del campo popular. La unidad no es un juguete del que puedan disponer sólo algunos. Es una apertura, una orgánica, una potencia que debe ser conducida, si; pero primero tiene que reflejar una existencia poderosa, diversa y real. La militancia política, trabaja a diario en esa construcción. Lo sabe hacer, lo quiere hacer y lo va a seguir haciendo. El problema es que, si no tiene cauce, va a comportarse como siempre lo hace el agua (al decir de Perón): buscando un camino para fluir, que encuentre las condiciones de dignidad, libertad y presencia protagónica.

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Argentina, como pueblo, se propone un camino simple de entender y difícil de concretar. Tomar decisiones soberanas, nuestras, que reflejen nuestros intereses como Nación independiente y nuestra aspiración eterna de ser actores que dejen huella en el escenario mundial. Somos eso. Locos que quieren ser. Nada ni nadie nos parece mucho para enfrentar en procura de ese camino. Todos nuestros grandes hombres de la historia, acompañados por un pueblo consciente y organizado, imaginaron una Argentina grande, consolidada industrialmente, con un desarrollo potente que involucre una visión integradora de nuestro territorio, ríos y mares. Una presencia poblacional en toda la extensión de la Patria. Una infraestructura que sostenga un federalismo industrializado, con trabajo para nuestros hombres y mujeres. Una historia en la que podamos decidir cómo vivir, cómo educarnos y cómo garantizar salud, vitalidad, capacidad creativa transformadora; decidir qué y cómo producir, qué y cómo consumir, sin depender -o dependiendo lo menos posible- de los condicionamientos definidos por los intereses financieros trasnacionales. Ese sueño de grandeza no se concibe si no es protagonizado por un pueblo feliz, pleno, fortalecido, que encuentre realización en cuanto comunidad y en cuanto personas que aspiran a satisfacer sus necesidades materiales, culturales y espirituales. Es sólo ese pueblo sano, fuerte, parado sobre la dignidad y el orgullo de ser argentinos, el que produce la riqueza y construye la grandeza. No hay Nación grande sin un pueblo feliz y no hay un pueblo feliz si no es 
convocado a protagonizar activamente su destino de grandeza. No es nuestra historia una historia para pocos iluminados.
En este sentido, reconociendo que este es el camino que aspira transitar nuestro pueblo, no podemos no ofrecerle a la militancia política -no ofrecerle y no pedirle- que asuma la conducción amorosa de ese proceso. Militar es servir, pero el servicio no puede estar orientado a constituirse en benefactores, dadores de migajas, canalizando beneficencia organizada desde el Estado. Eva Perón, a quien recordábamos hace pocos días en ocasión de su cumpleaños, detestaba la beneficencia como sustitutivo de la política. Hacer política es favorecer que la transformación se produzca para el pueblo, en beneficio del pueblo, pero sobre todo y especialmente con el pueblo y desde el pueblo. No hay política sin pueblo o con un pueblo ubicado en un rol pasivo y esperando recibir de alguien, para luego agradecer con el voto. Eso es miseria. Es indignidad. Nuestra tarea y 
nuestro camino es encontrar los procesos que se generan desde el pueblo: favorecerlos, promoverlos, permitir que ocurran, al calor de la energía que produce la propia dinámica popular, que encuentre su 
cauce, se organice y comience a caminar. 
Vienen tiempos electorales. Muchas compañeras y compañeros comienzan a retomar su organización para posicionarse de cara a las elecciones. Es comprensible, razonable y deseable. Pero para que nuestro proyecto sea victorioso, las elecciones deben ser una oportunidad para incorporar diversidad, para que todos los sectores encuentren una forma de hacer su aporte, para expresar una visión, un programa, un rumbo. Si la conducción del proceso eleccionario va a ser un pasa-no pasa que permita entrar solo a los amigos, a los que se visten bien y no hacen lío, solo vamos a aumentar la debilidad. Si, por el contrario, creamos el espacio en donde todos y todas puedan acumular su experiencia, sus vínculos, su capacidad de crear, de organizar, de potenciar a los distintos sectores y actores de las comunidades y territorios, el proceso eleccionario va a terminar siendo de victoria, para el día de la elección y para el resto de los muchos años que nos faltan para consolidar un modelo nacional, con protagonismo popular.

Fuente: Revista LB

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