El fin del Gobierno de Trump: una doble crisis inesperada y un legado que durará décadas

Para Donald Trump todo cambió cuando el brote de coronavirus estalló en el país, primero en Nueva York y los estados vecinos, y reaccionó protagonizando una pulseada política con los gobernadores demócratas afectados y subestimando la pandemia.

Internacional 20 de diciembre de 2020
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La doble crisis sanitaria y económica que provocó la pandemia en Estados Unidos sepultó las chances de un segundo Gobierno de Donald Trump y dio un respiro a una oposición sin liderazgo claro, que tendrá que enfrentar el legado más importante de los últimos cuatro años: la designación de cientos de jueces conservadores en todos los niveles de la Justicia, incluida la Corte Suprema.

El 3 de febrero pasado, cuando comenzaron las primarias presidenciales para elegir a los candidatos y el coronavirus era aún una noticia que preocupaba a los chinos y algunos de sus vecinos, Trump estaba mucho mejor posicionado que Joe Biden para ganar la Presidencia.

No tenía rivales significativos dentro de su partido y poseía cifras macroeconómicas favorables para mostrar, mientras que los demócratas se encaminaban a otra interna disputada y el candidato del aparato era un hombre que no había querido presentarse cuatro años antes.

Pero todo empezó a cambiar cuando el brote de coronavirus estalló en el país, primero en Nueva York y los estados vecinos, y Trump reaccionó protagonizando una pulseada política con los gobernadores demócratas afectados y subestimando la pandemia.

El golpe de realidad no le llegó al presidente y candidato a la reelección con las cifras epidemiológicas, sino con el derrumbe de la actividad productiva y comercial, que destruyó más de 22 millones de puestos de trabajo en apenas dos meses.

El Gobierno de Trump impulsó un paquete de ayudas directas masivo en el Congreso y luego presionó públicamente a los gobernadores para que reabrieran la economía, pese a las advertencias de los científicos, incluso dentro del Estado.

Las advertencias rápidamente se convirtieron en realidad, los contagios volvieron a crecer en otras partes del país y la curva nacional al día de hoy aún no ha descendido.

Sin embargo, Trump y la oposición no volvieron a acordar un nuevo paquete de ayuda para trabajadores, desempleados y empresas, y el Presidente profundizó sus posiciones anti-ciencia, incluso cuando él mismo y parte de su familia y su círculo político se contagiaron.

Para el final de la campaña electoral, la única estrategia clara de Trump frente a la pandemia -que hoy sigue teniendo a Estados Unidos como el país más afectado del mundo con más de 17 millones de casos y más de 300.000 muertos- era esperar la aprobación de las vacunas, que recién llegó este mes.

Pese a este sombrío escenario epidemiológico y con la convicción de que el año terminaría con una contracción de la economía, Trump perdió las elecciones por apenas decenas de miles de votos en tres estados (aún así, en el voto popular lo hizo por más de siete millones de sufragios).

La denuncia de fraude

A partir de este resultado, el mandatario denunció fraude y hoy continúa reivindicándose ganador, pese a que los tribunales inferiores y la Corte Suprema rechazaron sus argumentos, y el Colegio Electoral eligió a su rival, Biden.

Su negativa a aceptar la derrota enturbia el clima político de la transición, pero el proceso institucional hace tiempo que está avanzando sin problemas y nadie duda que el 20 de enero Biden y su compañera de fórmula, la hasta ahora senadora Kamala Harris, asumirán el poder.

Tanto Biden como Harris dejaron claro que su prioridad será frenar la ola de contagios, no solo con la distribución de millones de dosis de vacunas, sino también a través del uso obligatorio del tapabocas en todo el país y la imposición de otras medidas de precaución, algo que Trump siempre se negó a hacer.

Según el futuro presidente estadounidense, solo una vez que la pandemia sea controlada se podrá comenzar a reconstruir la economía, que ya empezó a mostrar algunos elementos de recuperación y que podría sumar rápidamente un segundo paquete de ayudas, si los demócratas controlan todo el Congreso.

Por fuera de la doble crisis sanitaria y económica, los votantes seguramente esperan que se cumplan dos promesas de campaña que marcaron los otros temas clave de este año, la inmigración y la violencia racial: un proyecto de ley para legalizar a unos 12 millones de extranjeros que viven sin papeles en el país y una reforma penal para combatir la brutalidad y el racismo policial y terminar con la criminalización del consumo de drogas.

En el plano exterior

Aunque Biden buscará restablecer las buenas relaciones con los aliados tradicionales de Estados Unidos en el mundo y retomar el discurso multilateralista en los foros internacionales -la ONU a la cabeza-, su atención estará puesta en los asuntos internos del país, al menos en el corto plazo.

Por ejemplo, analistas estadounidenses descartan un cambio significativo en el vínculo con América Latina, excepto una relación más cordial con México, una promesa de ayuda a los países centroamericanos para frenar las caravanas de inmigrantes que buscan llegar a Estados Unidos y, quizás, no sumar nuevas sanciones contra Venezuela o hasta ordenar alguna flexibilización de las existentes.

A largo plazo, el interés del Gobierno frente a la región será frenar la influencia, principalmente económica, de China.

Pero en este objetivo será tan eficaz como la cantidad de recursos que pueda asignar a cooperación e inversiones, una definición que estará condicionada a la evolución económica interna de Estados Unidos.

Pero en general, la mayor parte de la comunidad internacional recibirá con los brazos abiertos un Gobierno de Biden que promete recuperar el protagonismo de la superpotencia en el mundo: volver a la OMS, al Acuerdo de París para combatir el cambio climático y a la mesa del diálogo nuclear con Irán, al mismo tiempo que propone asumir un vínculo menos bélico con China y más confrontativo con Rusia.

Dentro de Estados Unidos, en cambio, el escenario no será tan favorable.

La designación de más de 200 jueces

Además de la polarización y la movilización conservadora que desnudaron la elección y los más de 74 millones de votos que obtuvo Trump, el próximo Gobierno demócrata deberá enfrentar al mayor legado que dejan estos últimos cuatro años: la designación de más de 200 jueces jóvenes y conservadores en todos los niveles de la Justicia, incluida la Corte Suprema.

Gracias a una mayoría muy cohesionada en el Senado, Trump logró aprobar un número inédito de jueces, muchos de ellos en puestos estratégicos para la justicia penal y administrativa.

En la Corte Suprema, por ejemplo, Trump logró nominar y aprobar a tres de los nueve actuales jueces -uno pese a estar acusado de violación y otra con solo tres años de experiencia como magistrada- e inauguró la primera mayoría ultraconservadora en casi un siglo.

Para completar el escenario político interno falta aún esperar unas semanas.

Recién en enero se sabrá, con dos balotajes en el estado de Georgia, quién controlará el Senado.

Si los demócratas logran recuperar la mayoría en la cámara alta, será la primera vez desde 2010 que controlarán todo el Congreso y, en este escenario, la posible estrategia republicana de judicializar las iniciativas del nuevo oficialismo podría ganar fuerza y el mayor legado de Trump, visibilidad.

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